Ala Sur

En temporada de vacaciones fui a un pueblo costero. Paisaje de los que me gusta, cerros, playa, lleno de casitas pintorescas y parajes amplios como para mirar el cielo nocturno.

Llegué temprano, y mientras paseaba entre los cerros, mi vista fue a dar a un riachuelo que se extinguía allá en el horizonte entre dos cerros, y que había sido reemplazado por una línea férrea. Recordé que a mi llegada leí algo en un periódico local, sobre una desaparición reciente en un sector al que llamaban “el Ala Sur” de la línea del tren.

La antigua y abandonada línea del tren tenía un recorrido por las calles principales del pueblo y el perímetro de la ciudad, puesto que el origen del pueblo fue un asentamiento minero que creó el tren de carga para el traslado de materiales y trabajadores de la zona. El pueblo en sí había mutado, pues los trabajos mineros habían terminado unas cuatro o cinco generaciones atrás, y las actividades actuales eran básicamente pesca y turismo.

El Ala Sur de la línea estaba en dirección en donde se perdía la vista entre los cerros. Ahí la curva giraba lentamente hacia la izquierda y el camino pasaba, al contrario de la primera mitad entre el poblado y la ciudad, por un páramo que los habitantes del pueblo no solían recorrer.

En ese paseo distraído, y entre todo el movimiento y las frases desordenadas de la conversación de un grupo de chiquillos, escuché las palabras “Ala Sur”, y por alguna razón, como impulsado por un imán, toqué el hombro de uno de los niños y le pregunté:

–¿Dónde está el Ala Sur, que acaban de nombrar? –el niño se dio vuelta algo sorprendido, pero como habitante de pueblo pequeño, sonrió amablemente y mientras indicaba en la dirección que yo ya sabía, me contestó:

–¿Ve el camino del tren al medio de esos cerros? Por ahí se va.

Una idea repentina, tal vez mezcla de curiosidad y de hambre, me hizo invitar al grupo de niños a un local de comida rápida. Mi excusa fue que me hablaran de las festividades que se acercaban al pueblo y, que como desconocedor del lugar, me interesaba saber sobre el origen minero del pueblo y el actual uso de la línea del tren.

Fue entonces que me vi en una mesa de una pizzería, rodeado de seis chicos entre los catorce y dieciséis años, conversando animadamente. Orienté la conversación disimuladamente al Ala Sur, viendo si podía obtener información sobre las razones del desuso y abandono de la zona, pero no fue mucho lo que me pudieron decir al respecto. En uno de los silencios que se hizo, uno de los chicos, de los que parecían mayores, me miró con agudeza y preguntó:

–¿Quiere ir para allá?

Contesté con inocencia y honestidad, a ver si dejando de manipular la conversación me iba mejor que solapadamente.

–Sí, me interesa un paseo por allá. Me encanta mirar cielos despejados en la noche, y en el pueblo hay mucha luz para eso.

–No se lo recomiendo. El Ala Sur es mala –respondió ante un silencio total de los otros niños.

– “Mala”, ¿porque en ese lado roban? –pregunté.

–No, no. Mala así como del diablo –listo. Dicho esto, se terminó de activar mi curiosidad por conocer el lugar. No una curiosidad morbosa, pues mi incredulidad siempre me negó el gusto de sentir miedo, pero de todas formas no supe explicarme en el momento, ni tampoco pude explicar la siguiente invitación que les lancé al, hasta ese momento, alegre grupo de chicos pueblerino.

-El diablo no existe, ¿les gustaría ir de exploración nocturna? Hoy mismo, cuando anochezca. Ando con mi telescopio, les enseñaré algunos trucos –los miré a todos de forma entre maldadosa y traviesa, como atizando la chispa de aventura que nos domina a los hombres a esa edad.

-¡Si!

-¡Ya!

-¿Y como a qué hora? Que no sea muy tarde –fueron las respuestas que me dieron. Todos excepto el mayor, que me miraba algo tenso.

-Yo, de nosotros, soy el único que ha ido para allá –dijo, mirando a todos–, y pasan cosas raras.

-¿Como qué? –pregunté.

-No sé, cosas raras. Una vez, cuando era niño, fui con mi papá y unos tíos a cazar conejos, de noche. No me acuerdo bien pero no volvimos a ir. Las linternas no funcionaron. Ninguna. Y nos devolvimos rápido. No me acuerdo bien, pero eran cosas malas.

-Ah, pero de niño. Estás inventando.

-Si eras niño eso fue hace mucho, ya no pasa nada ahí –le contestaron otros de los chicos.

-Vamos, que no pasa nada –intenté cerrar el acuerdo con mis guías, mientras por dentro me preguntaba por qué simplemente no iba solo, y recordando también la noticia sobre la desaparición que leí en el diario.

-Nos vemos mas tarde, tipo diez de la noche, diez y media a más tardar. Traigan líquidos, yo llevaré algo para comer.

-¿Le decimos a nuestros papás?

-Sí, mejor. Avisen que van en grupo y llegan temprano. Si alguno piensa que no le darán permiso, vea ahí qué hace. Estaremos de vuelta a más tardar a la una.

Acordamos lugar de encuentro e intercambiamos nombres y teléfonos.

 

Nos juntamos en la noche. Llegaron todos, los seis chicos más la hermana gemela de uno de ellos. Una chiquilla con pinta de punk rocker nada que ver con el pueblo en que vivía. Cualquiera diría que éramos un grupo de alumnos y un profesor en paseo de estudios. Nos encaminamos desde la plaza del pueblo hacia uno de los miradores del pueblo, que en su bajada del cerro al lado sur, nos llevaba al camino que había visto horas antes, y a la curva en dirección al Ala Sur.

Después de media hora de caminata bajo una clara y fresca noche sin luna, llegamos al borde de la carretera que marcaba la frontera entre el pueblo y el tramo de las vías de tren abandonadas.

La carretera era amplia. Recta. Después de hidratarnos y masticar barras de cereal que había llevado, Nos preparamos para seguir, entre bromas y risas que no entendía. A mi lado, uno de los mas chicos puso un pie en la calle antes que nosotros. ¡¡¡ZOOOMMM!!! Pasó un auto a toda velocidad, al tiempo en que agarraba de un brazo al niño y lo tiraba hacia atrás, todos con el corazón en la boca.

-¡Pero cómo cruzas sin mirar la calle! –le recriminé sin convencimiento, pues en la recta carretera nocturna no se había visto venir ningún vehículo.-Tal vez venía con las luces apagadas, yo tampoco lo vi –dijo otro. Convinimos en eso en silencio, pero en mi interior recordaba claramente que al pasar por nuestro lado el vehículo sí llevaba luces prendidas.

 

Delante nuestro, el principio del camino que nos llevaba al Ala Sur. Camino que había visto desde mucho más arriba en los cerros, horas antes, y que sin querer me había ido atrayendo poco a poco. La noche nos ofrecía una vista perfecta del cielo estrellado, pero hasta entonces me di cuenta de que no había mirado hacia arriba siquiera una vez, desde que oscureció. La visibilidad no era tan mala como para la hora que era, cercanas las once, pero sacamos nuestras linternas, pues no había alumbrado desde la vereda sur de la carretera. Nuestras linternas no prendieron.

Me dije “Ok. Es primera vez que me sucede algo extraño a este nivel. Es interesante, pero ya debe haber alguna explicación.” Sonreí. Los chicos en silencio. La gemela les sugirió que ella tenía pelotas mejores puestas que todos nosotros. Sonreímos todos.

 

Adentrados ya en la curva, un letrero oxidado que gracias a las estrellas fosforecía un poco, con la leyenda borrosa “Precaución. Trabajo en la vía”. Al alumbrar con el led del celular, se leyó “PELIGRO, NO SEGUIR CAMINO”, escrito encima, con pintura. De paso, comprobé que no tenía señal. “¡Vomistar de mierda!” Pensé. No quise preguntar a los demás si tenían señal. No supe si para no inquietarlos a ellos, o a mí.

 

A pesar del letrero, quisimos seguir la ruta. Pero no bien dimos unos pasos, y nos quedamos inmóviles. No nos pudimos mover más.

-¿Qué es esto? –pregunté al aire, no a los niños, que ya estaban abiertamente en pánico, incluida la punk rocker.

-¿Se pueden mover? –insistí. Los chicos no podían moverse ni para adelante, ni retroceder. Sus pies como clavados al piso. El mayor, que visitaba el lugar por segunda vez, quedó también con el pie derecho clavado en la tierra. El pie izquierdo inmóvil, en el aire. Me quedé atónito mirando el detalle, pues el miedo extremo te podría hacer quedar inmóvil, pero de ninguna manera en la posición en la que estaba el niño.

Mi tozudez me hacía querer revertir la situación, ir con todos los chicos a dar la vuelta al perímetro del Ala Sur y volver al pueblo por el otro lado, no solo por mostrar a los niños que todo eran patrañas, sino por demostrarme que tenía razón. Que el diablo, o lo que fuera, no existe y que todo está en nuestra mente. Pero no pude moverme.

No sé cuánto rato estuvimos así, pero finalmente desistí de seguir el paseo y quise estar de vuelta, tranquilo, en casa. Me sentí agotado por el viaje, pues había llegado temprano en la mañana. Quise estar en cama y automáticamente el pie izquierdo en el aire del niño volvió a tierra. Nos pudimos mover todos.

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